Si existe una variable que explica más que cualquier otra el crecimiento económico sostenido de Estados Unidos a lo largo de su historia, es la productividad. La capacidad de producir más con los mismos recursos (o los mismos recursos con menos tiempo) es el mecanismo fundamental a través del cual una economía genera riqueza real, más allá de los ciclos de gasto y crédito que dominan el análisis de corto plazo.
La productividad no aparece en los titulares diarios porque sus movimientos son lentos y sus efectos se acumulan gradualmente durante años. Pero su impacto es transformador: un crecimiento sostenido de la productividad del uno por ciento anual puede duplicar el nivel de vida de una generación. Un estancamiento de la productividad, por el contrario, hace que cualquier otro esfuerzo de política económica resulte insuficiente para generar prosperidad real.
La revolución tecnológica de las últimas décadas ha sido el principal motor de productividad de la economía estadounidense, y los debates actuales sobre el impacto de la inteligencia artificial en la productividad laboral son, en esencia, debates sobre si se aproxima o no una nueva ola de crecimiento económico sostenido que trasciende los ciclos ordinarios.
El consumo privado como columna vertebral
Estados Unidos es una economía extraordinariamente dependiente del consumo privado, que representa aproximadamente el setenta por ciento de su PIB. Esa proporción no tiene equivalente entre las economías desarrolladas de tamaño comparable y tiene consecuencias profundas sobre cómo responde la economía a distintos tipos de shocks.

Cuando el consumidor estadounidense gasta con confianza, la economía avanza con una inercia que es difícil de detener incluso cuando otros componentes del PIB —la inversión empresarial, el gasto gubernamental o las exportaciones netas— se deterioran. Cuando el consumidor retrae el gasto, sea por pérdida de empleo, por caída en el valor de sus activos o simplemente por deterioro de su confianza en el futuro, esa inercia se invierte con rapidez.
Lo que hace al consumo estadounidense especialmente complejo de analizar es su relación con la riqueza financiera de los hogares. Una proporción significativa de la clase media y alta estadounidense tiene una parte importante de su patrimonio en activos financieros —planes de pensiones, cuentas de inversión, propiedades—, lo que crea un canal de transmisión entre los mercados financieros y el consumo real que en otras economías es mucho menos pronunciado. Cuando la bolsa sube durante años, ese efecto riqueza se traduce en mayor disposición a gastar; cuando cae, el efecto contrario puede ser igualmente poderoso.
La demografía como destino
Pocas fuerzas son más determinantes para el largo plazo de una economía que su estructura demográfica, y pocas son tan ignoradas en el análisis cotidiano. Estados Unidos enfrenta en las próximas décadas una transición demográfica que tiene implicaciones profundas sobre el crecimiento potencial, las finanzas públicas y la dinámica del mercado laboral.
El envejecimiento de la generación del baby boom —la cohorte más numerosa de la historia estadounidense— está transformando la relación entre población activa y población dependiente de una forma que presiona simultáneamente el sistema de pensiones, el gasto en salud y la disponibilidad de mano de obra. Esa presión no desaparece con un cambio de gobierno ni con una decisión de política monetaria; es una realidad estructural que se desarrollará durante décadas independientemente de lo que ocurra en Washington.
La inmigración ha sido históricamente el mecanismo que ha permitido a Estados Unidos mitigar las consecuencias del envejecimiento poblacional, manteniendo un flujo de trabajadores jóvenes que compensan la salida del mercado laboral de las generaciones mayores. Los debates políticos sobre inmigración son, en términos económicos, debates sobre la sostenibilidad del modelo de crecimiento estadounidense a largo plazo.
La innovación institucional como ventaja competitiva
Una de las razones por las que la economía estadounidense ha mantenido su posición dominante durante décadas, a pesar de los desafíos cíclicos y las crisis recurrentes, es la solidez de sus instituciones de innovación: universidades de investigación, sistema de capital riesgo, mercados de capital profundos y líquidos, y un marco legal que protege la propiedad intelectual y facilita la creación y destrucción de empresas con una velocidad que pocas economías del mundo pueden igualar.
Esa infraestructura institucional no aparece en ningún dato macroeconómico semanal, pero es la razón por la que Silicon Valley existe donde existe y no en otro lugar del mundo, por la que la mayoría de las empresas que han transformado la economía global en las últimas tres décadas nacieron en suelo estadounidense y por la que el capital internacional sigue encontrando en los mercados estadounidenses su destino preferido cuando busca estabilidad y profundidad.
Es precisamente esa confianza estructural en la solidez de largo plazo de la economía estadounidense la que explica por qué inversores de todo el mundo, al construir carteras diversificadas a través de fondos indexados globales, terminan con una exposición significativa al mercado americano no por una decisión activa de sobreponderación sino simplemente porque la capitalización de sus empresas refleja la magnitud real de su peso en la economía global.

El dólar como privilegio y como carga
La condición del dólar como moneda de reserva global otorga a la economía estadounidense una ventaja estructural única: la capacidad de financiar su déficit emitiendo deuda en su propia moneda, con una demanda global garantizada que ningún otro país puede replicar. Ese privilegio, que el economista francés Valéry Giscard d’Estaing llamó el “privilegio exorbitante”, reduce el costo del financiamiento para el gobierno, las empresas y los hogares estadounidenses de una forma que tiene efectos positivos sobre el crecimiento durante décadas.
Pero ese mismo privilegio genera tensiones: un dólar fuerte encarece las exportaciones estadounidenses, reduce la competitividad de la industria manufacturera y puede generar turbulencias en los mercados emergentes que tienen deuda denominada en dólares. La gestión de esa tensión entre los beneficios del dólar como reserva global y sus costos sobre la competitividad exterior es una de las constantes menos visibles pero más persistentes de la política económica estadounidense.
Leer más allá del titular
La economía estadounidense es demasiado compleja y demasiado importante para ser comprendida a través de un solo dato o un solo titular. Sus fuerzas más determinantes —productividad, demografía, innovación institucional, posición del dólar— se mueven lentamente, generan poco ruido mediático y sin embargo definen con mucha más precisión que cualquier decisión de política coyuntural el nivel de vida que tendrán los estadounidenses dentro de una generación.

Soy Felix Mendoza administrador de páginas web y redactor. Algunos de los temas que abordo con mayor frecuencia es sobre temas industriales